Y entonces su equipo, el Alianza Atlético de Sullana, no juega contra sus rivales sin antes haberlos estudiado. Diez minutos, quince. Esa es la tónica del equipo de Cardama, uno de nuestros representantes en la Copa Sudamericana 2009. Antes de pegar, se agazapa. Antes de atacar, piensa. (Continuar leyendo>>)

El equipo chiclayano apunta a la final nacional en una campaña notable que podría servir para crecer como institución.
Juan Aurich no hizo transición. De pelear el descenso a disputar el título. Sueña con la grandeza esta temporada después de un período depresivo. Con menos existencia, pero con trabajo, reina en las posiciones y es oposición a clubes de historia que no lo superan en el escalafón. (Continuar leyendo>>)

Salvo que decidamos cambiar ya. Y sostener ese cambio. (Continuar leyendo>>)




Kaká. Dio una lección de cómo y para qué hay que mover la pelota. Desplegó su enorme repertorio y empequeñeció a todos los rivales argentinos. Mostró una notable visión de juego. Buscó al compañero, puso pases de gol, tiró la individual y, por si fuera poco, tuvo resto para presionar y recuperar balones. Cuando le pegaron duro, respondió con una sonrisa. (Continuar leyendo>>)

“Profesor, se le nota cansado”. Víctor Rivera captó rápido. En San Martín ya no lo querían. Gente cercana le había advertido y no creyó. Se lo anunciaron entrelíneas, entendió la insinuación y cerró sin quejas. Una decisión del club que nadie comprende. Una desprolijidad: el presidente Raúl Bao no estuvo presente en la reunión decisiva. Detalle no menor en un equipo que quiere ser modelo de organización e imagen. (Continuar leyendo>>)


Y no lo digo precisamente por el partido del 69 con Argentina en la Bombonera (episodio notable que ha sido recientemente removido de las estructuras mismas de la prehistoria futbolera, con una pose de excesivo entusiasmo, si me permiten una opinión). Lo digo por el partido de esta tarde con Uruguay, ateniéndome a los últimos antecedentes de los enfrentamientos con el equipo de Washington Tabárez. En junio del 2007, Perú le ganó 3-0 a los charrúas en la Copa América de Venezuela. Todos, como siempre, nos computamos campeones. Exactamente un año después (junio, 2008), Uruguay nos hizo 6-0 en Montevideo por las Eliminatorias. ¿Nuestra reacción? La típica, a dos tiempos: primero, un sincronizado rasgamiento de vestiduras; después, una oleada de indignación colectiva. (Continuar leyendo>>)
Cuando era niño y me sentaba frente al televisor en blanco y negro, junto con muchos otros niños que pagaban un real para ver ganar a su selección, allá por los años 70, no tenía ninguna duda de que el prestigio deportivo (y un poquito del orgullo nacional) estaba representado en el esfuerzo y la capacidad de aquellos jugadores que todavía se merecen un largo aplauso. (Continuar leyendo>>)